A continuación, tenemos la partida de Vàngelis Villar que ha jugado a Alegres forajidos con Hierofante.
William Stanton es un joven que desea enfrentarse a un entorno corrupto recuperando todo aquello que supuso el difunto Robin Hood para el entorno del bosque de Sherwood. ¿Conseguirá hacerse un nombre entre los bandidos del condado?
Por último, recordamos que las bases la podéis encontrar aquí.
LA BALADA DE WILLIAM STANTON
La balada de William Stanton es una partida del juego Alegres Forajidos jugada mediante las reglas del oráculo Hierofante, ambos publicadas por El Refugio de Ryhope. El primero plantea aventuras inspiradas en las leyendas de Robin Hood mientras el segundo es un oráculo que utiliza como motor una baraja de cartas de tarot.
Usé Alegres Forajidos para crear mi personaje, el sistema de juego y la ambientación y, por otro lado, usé Hierofante para ir creando la historia, los escenarios y los PNJs. Alegres Forajidos es un juego sencillo que plantea aventuras que tratan de emular a las de Robin Hood. Este ya ha muerto y su banda ha desaparecido. Sin embargo, la corrupción se mantiene en el poder y nuevos forajidos deben levantar la cabeza para hacer frente a esta amenaza en los alrededores de Nottingham. En esta aventura conoceremos las primeras hazañas de William, un joven peón de la villa de Stanton que se cree más listo de lo que finalmente descubre que es. El juego propone que se adapte el tono de juego al que se desee. A mí personalmente me atrae mucho tratar de basarme en el tono de los cuentos de Howard Pyle en el libro “Las alegres aventuras de Robin Hood” que en el fondo es el Robin Hood burlón y cómico más conocido.
Hierofante es un oráculo que utiliza una baraja de tarot y, mediante varias opciones, permite dar respuestas a preguntas que pueden surgir a lo largo de una partida de rol. Utilicé las mecánicas de este juego para ir dando forma a los escenarios, los PNJs y, en general, cualquier descripción que no me permitiera el sistema de juego de Alegres Forajidos.
Crear el personaje: William Stanton
Usé las reglas de Alegres Forajidos para crear mi PJ.
William Stanton ha sido siempre un pobre peón de la villa de Stanton. Es un tipo manitas cuyo código ético no le permite compartir mesa con una persona rica. Siempre porta una urna de madera. ¿Qué contendrá?
Crear un escenario inicial
Mediante las reglas de Alegres Forajidos generé tres resultados para crear una escena inicial.
- Un bosque
- Robar a un noble que viaja con poca guardia.
- Un supuesto peregrino que en realidad es un espía.
A continuación, podéis leer la aventura completa. Yo acostumbro a jugar con un procesador de textos donde voy creando la historia tal y como la voy pensando. No acostumbro a tomar nota de los resultados de las tiradas porque la verdad es que me voy animando y todo fluye de manera muy natural. Tampoco la modifico demasiado una vez la he terminado. Espero que os guste la historia que resultó de esta partida.
Capítulo 1
William Stanton consigue un rico botín
De entre los mayores bandidos que se han escondido entre los viejos robles centenarios del bosque de Sherwood, sin lugar a dudas, destaca en la memoria de muchos de nosotros el nombre de Robin Hood. Robin murió hace ya algunos años y su banda de Alegres Forajidos fue disuelta y perseguida. Pero la amenaza de la corrupción no ha desaparecido de los alrededores de Nottingham así que cada vez son más los hombres y mujeres que buscan sustento en los mercaderes que cruzan el bosque, cargados de mercancías.
William Stanton espera paciente tras un roble. William fue peón y es especialmente manitas así que ha construido una pequeña trampa para sorprender algún mercader despistado. De repente, un ruido le alerta. Se acerca un mercader, y por san Dunstano que parece poco protegido.
El mercader parece un hombre muy rico y generoso. Quizás sea un hombre dado a la caridad, piensa William. Por otro lado, una mirada a la guardia del mercader destaca su físico rudo y su mirada inquisitiva, así como un grueso mandoble.
Con la intención de asustar el caballo que transporta al rico mercader, William había atravesado una gruesa cuerda de lado a lado del camino y la había cubierto de hojas secas para esconderla. Al llegar al punto determinado, William tiró de la cuerda que, montada con gran habilidad, logró frenar al caballo que empezó a corcovear asustado. La confusión fue total puesto que el mercader se fue al suelo y el guardia no sabía si debía ayudar a su señor o tratar de entender qué había pasado.
William cogió una gruesa piedra para lanzársela al guardia, tratando de noquearlo. El impacto fue bueno y el guardia pareció estar a punto de perder pie. Era el momento de lanzarle al camino y, armado con su maza (un grueso tronco de roble), corrió hacia el guardia con la intención de asestarle un buen golpe. Tras impactar en su ruda cabeza, el guardia se desplomó cuan alto era al suelo quedando allí tumbado con la cabeza abierta.
- Date preso y dame todo lo que llevas – dijo William con decisión al mercader señalándolo amenazadoramente con el grueso tronco de roble.
- Toma todo lo que quieras, pero huelga decir que no llevo dinero – respondió el asustado mercader.
- ¿Qué te lleva por este camino, pues? ¿Qué transportas que pueda interesarme? – dijo William con rudeza.
- Transporto vino, lo encontrarás en ese humilde carromato – dijo el mercader señalando una pequeña carreta atada al caballo, que ya parecía algo más tranquilo – Es un vino muy preciado producto del esfuerzo del trabajo en los viñedos de un noble señor.
- ¿Y a quién se lo transportas si no es mucho preguntar? – dijo William con sorna.
- Al noble señor de Mansfield. Es un hombre sabio que sabe disfrutar de estos pequeños caprichos.
William rumió durante unos instantes qué podía hacer. El pobre mercader no sabía si moverse aprovechando que el bandido parecía absorto en sus pensamientos. Pero optó por quedarse y esperar pues acababa de ver cómo eliminaba a su guardia de un solo golpe. Tras unos minutos, William miró al mercader con una mirada astuta.
- Pues para salvaguardar tu vida, vas a hacer una cosa. Vas a darme tus ropas, tu caballo y tu carromato. Te voy a aligerar de ese peso y seré yo mismo quien lleve el vino al señor de Mansfield.
Y así fue como William se vistió con los ropajes del mercader, subió a su caballo y se alejó del lugar donde, sin saber qué hacer, se quedó el mercader, ataviado solo con una capa que debía de vigilar para que le cubriera las vergüenzas.
Capítulo 2
William Stanton llega a Mansfield
La noble ciudad de Mansfield estaba en fiestas. Los festejos debían durar varios días y todo el mundo andaba de acá para allá, montando empalizadas, moviendo carromatos y tratando de molestar lo menos posible a la guardia.
William, sentado en su caballo y tirando el carromato con el vino se dirigió a un joven guardia tratando de encontrar a alguien que le comprara su mercadería robada.
- Disculpe noble guardia, ¿podría indicarme dónde se encuentran las bodegas de palacio? – dijo William tratando de engañar al guardia haciéndose pasar por un mercader.
- Claro, buen hombre, siga esta calle hacia el palacio del gobernador y una vez allí las verá – respondió el guardia con ánimo.
- Que tenga un buen día – dijo William dirigiéndose a la dirección indicada y observando los preparativos del festejo.
Aquí y allá veía calles engalanadas, bellas muchachas y jóvenes mozos sonriendo. Todo parecía bello y hermoso de tal modo que William se perdió por las callejuelas de la ciudad.
- Mozo, ¿qué transportas en ese carro? – le espetó un hombretón en un estrecho callejón. Tenía cara de pocos amigos y se apoyaba en un grueso bastón de roble.
- Nada de importancia, juguetes de poco valor, pan viejo y restos de harapos – respondió William tratando de engañar aquel bravucón.
- Pues sigue tu camino y no te entrometas.
William había estado a punto de ser robado por un bribón de ciudad. Ya lo dicen, pensaba, que es de justicia robar a un ladrón. Pero habíQueridosa conseguido salir indemne de aquella situación y se acercó sin entretenerse al palacio del gobernador tal y como le había indicado aquel amable guardia.
El palacio del gobernador resultó ser un oscuro edificio de piedra gris, lúgubre y en sombras a pesar de la alegría que reinaba en la ciudad. William no tardó en dar con la entrada a las bodegas y se dirigió a la primera persona con la que se topó, una mujer madura.
- Disculpe señora, traigo un cargamento de rico vino para el señor de Mansfield. ¿Dónde podría dejar la mercancía y recibir el pago?
- Acompáñame muchacho – dijo la mujer con una expresión de astucia que no pasó desapercibido a William – Ven conmigo y yo te diré dónde debes dejar el cargamento.
La mujer acompañó a William unos callejones más para allá, alejándose del palacio. Al cabo de unos minutos, se paró delante de una taberna indicando a William que se parara. La mujer entró en el recinto mientras el joven bandido se quedaba debajo del cartel de un corazón que indicaba que la taberna se llamaba “el corazón rampante”.
Capítulo 3
William Stanton es engañado por un sacerdote
- Muchachos, ya os traigo el vino. Venid conmigo que os espera fuera – grito la mujer madura desde el quicio de la puerta – Vamos muchachos, que es vino del gobernador.
Al momento, varios pillos empezaron a salir de la taberna y abalanzarse sobre el carromato de William. Este, asustado, azuzó al caballo que empezó a avanzar como pudo por las calles de la ciudad seguido de una docena de pillos harapientos sedientos del vino del gobernador.
- Parece que en la ciudad todo el mundo mira solo para sí mismo. Qué contrariedad, parece que nunca podré dar con alguien que me compre el botín – cavilaba William mientras el caballo trotaba por los callejones y el carromato daba brincos y más brincos.
Finalmente, el joven bribón consiguió eludir a los pillos. Quizás, pensó, estaba enfocando mal el asunto y debía vender el vino sin tratar de dárselo al señor a quien iba dirigido. Revisó el cargamento y tras darse cuenta que algunos barriletes estaban dañados, los tiró para, a continuación, tratar de fingir una nueva identidad. Lavándose la cara en una fuente y escondiendo las ropas del mercader que hasta aquel momento vestía, William se hizo pasar por un vendedor ambulante de vino. Quizás con la gente de a pie tendría más suerte.
Hábilmente convirtió el carromato en un tenderete y puso a la vista los barriles de vino. Fingiendo un acento extranjero ofrecía a todo aquel quien pasara probar su exquisito elixir.
- Pruebe mi vino, buen hombre. Traído especialmente de las tierras del sur, de Castilla. No probará vino mejor.
No tardó en acercarse un sacerdote al carromato para pedir un trago.
- Muchacho, ¿estás seguro que este vino viene de Castilla? – dijo el sacerdote frunciendo el ceño. Parecía un tipo atareado con una sonrisa pícara.
Por San Dunstano, pensó William, que me he cruzado con un entendido en vino. No me extraña que, siendo sacerdote, tenga la costumbre de probar todo aquello que santifica.
- Bien, eso me dijo mi proveedor – se excusó Willian – si no le gusta, no está obligado a adquirirlo – dijo tratando de eludir más el trato con aquel hombre que podía descubrirlo.
- Más bien creo que no sabes qué mercancía traes contigo, muchacho. Este vino no es un vino cualquiera. Que me aspen si no es el vino que acostumbra a servir el señor de esta ciudad en todas las fiestas. Di, bribón, ¿dónde lo has robado?
- No lo he robado, lo he traído expresamente de la capital – dijo William tratando como podía de ganar tiempo.
- Te propongo un trato, bribón, no diré nada a los guardias si entregas esta mercancía en mi iglesia. Piensa que con este gesto te puedes resarcir de tus malos actos.
William se vio atrapado. La ciudad de Mansfield no parecía tener a nadie a quien pudiera engañar. Más bien estaba siendo engañado tanto por mercaderes, señores y capellanes. Pronto pensó que lo mejor que podía hacer era olvidarse de aquel asunto y tratar de salir de allí sano y salvo, aunque sin vino, sin carromato, sin caballo y sin un solo centavo.
- Bien, veo que no me queda ninguna salida. Indíqueme dónde debo llevar el vino y allí se lo dejaré. Deme alguna moneda al menos, ¿no le parece?
- ¿Qué moneda quieres que te dé, ladrón? Suerte tienes que no llame a la guardia. Ven, sígueme.
Aquel sacerdote guio a William por estrechos callejones. El bribón, tirando del caballo pensaba y pensaba cómo huir de aquella situación. Daba el vino por perdido, pero ¿cómo podía salvar el pellejo y salir de allí indemne sin que el capellán alertara a los guardias?
El sacerdote llevó a William hasta una pequeña iglesia en un barrio periférico de la ciudad. Aquel barrio estaba lleno de gente pobre, de mirada torva y oscura. En sus ojos se veían malas intenciones. En la puerta de la iglesia había una mujer rodeada de cinco o seis pillos que parecían sus hijos.
- Denme una moneda, señores. Para alimentar a estos mis hijos.
- Vete de aquí, mujer. ¡Y llévate contigo este puñado de ladronzuelos! Aquí el amigo y yo llevamos un asunto demasiado importante entre manos como para entretenernos.
- Solo les pido un poco de limosna o ni siquiera eso, quizás algo de la mercancía que llevan en ese carro.
- Por supuesto que sería un buen acto de consuelo servirle parte de la mercancía. Coged lo que gustéis – dijo William apartando parte de la lona que tapaba las botas de vino.
- No seáis tramposo, amigo ladrón – dijo el sacerdote volviendo a tapar de nuevo las botas de vino con la lona – tenemos un trato y es de justicia cumplirlo.
Viendo pues que no tenía más salida, William siguió al sacerdote con expresión cabizbaja.
Capítulo 4
William Stanton consigue torcer la situación
Al llegar a un almacén cercano a la iglesia, el sacerdote indicó a William que debía descargar en el interior todo el cargamento que llevaba en el carromato. William se sentía apesadumbrado porque se sentía obligado a hacer caso al sacerdote ya que, en caso contrario, este lo denunciaría a la guardia por haber robado el vino del señor de Mansfield. Sin embargo, al llevar la primera bota al interior el del almacén, William dio con un abundante botín de mercaderías.
- ¿Quién es el ladrón aquí? Qué astuto sacerdote. ¿Está almacenando mercancías de quién sabe cuántos mercaderes?
A partir de ese momento, William empezó a pensar cómo podía girar la situación para salir libre de aquella situación y culpar al sacerdote que lo observaba desde una esquina.
Justo en aquel momento, un grupo de guardias se acercaban por la callejuela. La expresión del sacerdote se tensó de repente. Saludando con buena cara a la guardia, pasó de repente a observar a William con una expresión inquisitiva tal y como los guardias pasaban de largo de él y se acercaban al ladronzuelo que estaba transportando botas de vino. William vio clara la oportunidad, fingió un tropiezo y trastabilló hasta situarse en medio del camino de los guardias.
- Disculpen sus mercedes, ¡qué torpe soy! Este vino es tan pesado. A penas puedo transportarlo solo hacia el interior de ese almacén, donde me ha dicho este buen sacerdote que lo transportara.
- No se preocupe buen hombre, nosotros lo ayudamos – dijo uno de los guardias cargando con la bota – ¿dice que es allí dentro?
- No se preocupen, señores, este muchacho puede solo, no se molesten por favor – gritaba el sacerdote colocándose en medio del camino de la guardia y lanzando terribles miradas a William.
- No es molestia, para eso está la guardia.
Entre empujones y miradas de odio, William consiguió guiar a la guardia hasta la puerta del almacén y, al abrir la puerta, quedó a la vista de todos, el inmenso botín del que se estaba apoderando el sacerdote. Por un momento, nadie se atrevió a abrir la boca.
En un instante, la tensión que se había ido acumulando estalló. La guardia dejó en el suelo la bota, con una sencilla mirada tuvo suficiente para entender qué estaba pasando. Miraron inquisitivamente a William y después al sacerdote. Este no supo responder y estalló en airados insultos hacia el joven ladronzuelo. Tratando de defenderse, no hizo más que poner en evidencia su nerviosismo.
Y así fue como William, aunque sin un chelín de más en su bolsillo, vio que era el momento de salir de allí. El sacerdote ya no podía inculparlo y a él le resultaría muy sencillo hacerse pasar por un simple transportista o una víctima más de las argucias del sacerdote. Así que aprovechó la situación y se marchó corriendo.
El sacerdote pudo salir, más o menos de aquella situación. Quizás engañó a la guardia o quizás compró su libertad (o el silencio de los guardias). William consiguió salir de la ciudad indemne. Había perdido el vino robado, no había conseguido ni una moneda por él y sospechaba que en un futuro el sacerdote podía pagar une buena suma de dinero por su cabeza. Pero eso ya lo decidiría en su momento. Pronto regresó al bosque de Sherwood para tratar de continuar con sus aventuras.
William Stanton quiso ser espabilado
Robó un botín de buen vino
Y tratando de venderlo a su mismo propietario
Casi lo muelen a palos.
¡Salió bien esquilado!
