A continuación, tenemos la partida de Zeta que ha fusionado varios de sus juegos:
La partida va sobre plantar de algarrobas a bordo de una nave espacial.
Por último, recordamos que las bases la podéis encontrar aquí.
La Tonel
El ambiente es seco, muy seco; el regolito manchego absorbe la poca humedad ambiental que mi cuerpo o mis sistemas de auto-abastecimiento pudieran producir. Estas badlands artificiales son el lugar perfecto para el algarrobo.
Las hojas son de un verde intenso, salvo algún caso excepcional; los troncos son recios e intrincados. Muchos de los árboles ya tienen vainas.
Aunque creo que es ilegal, he procesado algunas vainas secas que se habían caído de los árboles. Debí recogerlas y catalogarlas nada más caerse, pero prescindir de esa limpieza semanal es mi forma particular de resistencia pasiva; antes teníamos una persona encargada de eso y en su ausencia supongo que debería hacerlo yo, pero nadie me lo ha encargado, así que espero hasta que la vaina ya no puede catalogarse y la etiqueto como residuo; es entonces cuando puedo procesarlas sin que sea ilegal.
Las vainas más grandes son las S; nunca supe por qué se había escogido esa letra, probablemente por «superespeciales», «supersabrosas» o «super-lo-que-sea»; luego las letras ya seguían como siempre lo habían hecho: A, B, C, etcétera.
Llevo a cabo mis rezos con sus correspondientes abluciones y comienzo el día saboreando el té de algarroba, que no es más que el agua que surge como primer subproducto del procesado. El segundo subproducto es el aceite, el tercero la pulpa, y una vez que llegamos a ella es cuando empieza lo bueno.
A mediodía falló la herramienta de catalogación; cuando comencé a recoger parte de la cosecha y a tratar de medir las vainas, me resultó imposible. Tendré que medirlas a mano si quiero llegar al plazo de entrega.
Me tumbo en la hamaca que cuelga entre dos algarrobos y bebo mi té con tranquilidad. El Sol sería abrasador si no fuera porque la tonel tiene todos los cristales de la bóveda tintados. Pienso que debería explorar próximamente, para ver si encuentro algo con lo que arreglar la herramienta de catalogación. Mañana intentaré preparar chocolate con las algarrobas que he procesado esta semana.
Cada vez queda menos para la cosecha; el año en la órbita de Mercurio es bastante errático y, sin el ordenador, me resultaría imposible controlar los ciclos.
Han pasado varios meses desde el último riego. Estoy posponiéndolo todo lo posible; regar 22 hectáreas de algarrobos manualmente sería una tarea titánica. Cada mañana rezo para que el cultivo resista hasta que sea capaz de arreglar el sistema de riego.
Estoy agotada. A mediados de mes se acabó mi suscripción al enlace y desde entonces tengo que elaborar mi tabla de ejercicios a ojo; a veces me paso, pero prefiero hacer ejercicio de más que de menos. Hoy es uno de esos días donde me he pasado.
He estado escuchando ruidos extraños en el arco de la bóveda. El arco es la estructura que sustenta las enormes cristaleras, además de servir para que el cableado atraviese toda la nave de un extremo al otro. Se podría decir que es la columna vertebral de la nave.
Por dentro hay un pasadizo que mide unos dos metros de alto y otros tantos de ancho. Se podría pasear por dentro si no fuera peligrosísimo, o no me diera un miedo de muerte estar completamente a oscuras, sin ventilación y con el riesgo constante de electrocutarme.
Pienso que los cables del sistema de riego van por ahí arriba. No me va a quedar otra opción que subir, pero estoy acojonada.
Tomo el elevador y lo llevo hasta la base del arco; cojo una linterna y me aseguro dos veces de que funciona y de que tiene pilas. Subo con el corazón en un puño.
El arco es ligeramente inclinado, por lo que comienzo a subir lentamente; si no fuera así se vería la salida en el otro extremo, pero hay que avanzar varios metros antes de poder ver algo. Enciendo la linterna y avanzo lenta y cuidadosamente.
A mi alrededor escucho el terrorífico siseo de la electricidad de muy muy alta tensión (MMAT). Veo muchísimos cables; todos están perfectamente dispuestos por colores y convenientemente anclados a las paredes. Aquí y allá hay señales reflectantes que advierten del peligro.
Parecen los restos de una fiesta; si tuviera que apostar, diría que es de la despedida de Kramer. Maldigo a Kramer, maldigo que lo dejase todo hecho un desastre, pero sobre todo maldigo que se fuera y me dejase sola.
Avanzo apartando las sillas plegables y las botellas vacías; este es el único punto de la nave que no tiene videovigilancia, así que las fiestas siempre son aquí: «tareas de mantenimiento». Finalmente encuentro lo que buscaba: una rata enorme que mordió alguno de los cables y estalló; deduzco que es una rata, pero podría ser cualquier otra cosa con pelo. Creo que es la primera vez que hago realmente «tareas de mantenimiento» en el arco de la bóveda.
Me deshago de todo en el incinerador, dispuesta a volver a accionar el sistema de riego. Espero poder arreglarlo ahora que ya no hay restos de tripas por todas partes.
El ambiente es seco, quizá demasiado…
Los algarrobos comienzan a secarse poco a poco. Creo que hoy intentaré reparar y accionar el riego.
Estoy decidida a intentarlo; los cultivos no aguantarán mucho más. Llevo a cabo mis rezos y abluciones. Preparo a toda prisa mi té de algarroba.
Las cosas no podrían salirme mejor. Cuando termino mi té de algarroba, el taller se encuentra ya en funcionamiento. El soldador humea y el ordenador muestra patrones cónicos y simétricos, señal de que está monitorizando la humedad de los rociadores. Estoy decidida a arreglar el riego y, de alguna manera, la nave lo sabe. Es como si la tonel cuidara de mí.
Sujeto con firmeza el soldador, miro la pantalla y los rieles alternativamente. Toco con delicadeza y espero a que los patrones cónicos converjan; si no convergen, me toca volver a empezar.
Dos horas y media más tarde, logro terminar. El sistema funciona; los aspersores descargan una lluvia tibia y violenta durante más de una semana. El agua crea surcos en la tierra y deja algunas rocas y raíces a la vista. Aprovechando que no tendré que ocuparme de regar manualmente, me doy largos paseos desnuda entre los algarrobos.
