A continuación, tenemos la partida de CGCastells que ha jugado a Long Haul 1983.
Un conductor de camiones debe realizar un largo recorrido a través de un mundo del que parece haber desaparecido todo el mundo y en que no dejan de suceder cosas incomprensibles. Cada día llama a una persona con la que pretende reunirse, pero esta nunca responde la llamada.
Por último, recordamos que las bases la podéis encontrar aquí.
Breve introducción
Lo que sigue a continuación es la narración resultante de mi partida jugada a Long Haul: 1983, un juego de rol en solitario en el que quien juega interpreta a un/a conductor/a de camiones, quien debe enfrentarse a un largo recorrido a través de un mundo que ha quedado vacío. Como única compañía, alguien que le espera muy lejos y a quien llama a diario, aunque siempre sin respuesta.
Para jugarlo, solo necesitas papel, lápiz, cuatro dados Fudge (o dados de seis caras normales) y una baraja de cartas. El reglamento es breve y conciso, dejando que la mayor parte de la narración recaiga en lo que la imaginación de quien juega evoca con los resultados que el azar le arroja tras consultar el significado de cada carta.
En cada turno se roban tres o más cartas y cada una representa un evento, el cual puede ser interpretado de formas muy diversas. Algunos son positivos, otros negativos, pero todos te obligarán a definir quién eres y cómo es el mundo que te rodea, por lo que la aventura puede acabar en tragedia o resultar en una temática muy distinta a la que aquí se refleja.
Por este motivo he optado por no indicar qué tiradas y qué cartas obtuve en cada turno, para así preservar un poco más los trucos que este juego os tiene reservados. Lo tenéis disponible a un precio irrisorio en The Hills Press.
Vacíos
Es 1983 y el mundo parece vacío. Parece, pero no lo está. ¿Acaso no sigo yo aquí?
Ayer las autopistas estaban atestadas y mi camión y yo circulábamos por ellas, como siempre. Pero se podía intuir que había algo que no iba bien. En la radio el locutor hablaba sobre la desaparición de unos aviones. No le hice mucho caso, porque últimamente he tenido dificultad para mantener la atención centrada en la carretera. Así que solo lo escuché de fondo. Pero luego comentó otra cosa que no pude ignorar: una plaga. Hace unos días leí que en el año 2000 el hombre de a pie tendrá acceso a coches voladores, pero viendo lo que ha pasado… resulta que nuestra sociedad todavía puede ser víctima de una epidemia y que la gente empiece a morir sin remedio. ¿Ambas cosas son ciertas? ¿Cada día estamos más cerca del futuro sin haber superado los problemas del pasado? Se me hizo raro que así fuera.
Lo digo en pasado porque eso fue ayer, claro. ¿Qué importa todo eso si el mundo no ha tardado ni veinticuatro horas en irse a la mierda? Hoy la radio no suena, solo devuelve estática. Las carreteras están vacías. Por completo. A lo lejos veo incendios aquí y allá y no sé si eso quiere decir que todavía queda alguien ahí fuera o que nuestro mundo, nuestras creaciones, al no haber nadie que las cuide. Sea como sea, no entiendo lo que ha pasado, ni sé qué se supone que debería hacer ahora. Más allá de sentir un miedo atroz. Miedo a desaparecer como el resto. Miedo a no desaparecer y quedarme solo para siempre.
Aunque no sé si tiene sentido, me he sentado ante el volante. Me he mirado a mí mismo en el espejo y me he dado cuenta de lo mayor que estoy. Tengo unas ojeras terribles y los ojos vidriosos. La barba sin afeitar y sin cuidar. Te diría que es por culpa de mis manos, de los temblores, pero la verdad es que he estado usando mi oficio como excusa para no cuidarme desde hace años. Desde que no nos vemos. Antes, incluso. Me tiembla la mano derecha. No es por el miedo, ni por el puto frío que hace en Kola, aunque no creo que ayude. Me tiembla desde hace tiempo y ha ido a peor. No he ido al médico, dejándolo siempre para más adelante, porque me aterra lo que me pueda decir al respecto. Quizás ahora ya dé lo mismo, aunque espero que mi cuerpo resista hasta que…
Me doy cuenta de que he tomado una decisión y no sé ni cuándo lo he hecho. Quiero verte.
Heridas
Hola… eh, no sé cómo decir esto, cariño. Soy papá. Espero que oigas este mensaje. Sé que no podrás responderme, porque voy a estar en movimiento y… bueno, quizás descuelgues en cualquier momento. Si estás ahí, cariño, descuelga el teléfono. Tengo miedo. Está pasando algo muy raro y necesito saber que estás bien.
Verás, estoy en Kola, al norte. Muy al norte, la verdad. Sí, lo sé, estoy loco de atar. Soy el único demente que acepta trabajos como estos, pero alguien tiene que hacerlos y… da igual, ya sé que me odias por nunca haber estado ahí contigo, pero aquí parece que se haya acabado el mundo, ¿sabes?
Joder, qué frío. Te llamo desde una cabina en una gasolinera de por acá, pero no hay nadie. Esa es la cuestión. No hay nadie. Ni en la gasolinera, ni en la carretera, ni en ninguna otra parte. Es aterrador. Quizás con suerte por allí, por casa, todo va bien. Pero he llamado a otras personas y… Por favor, dime algo si estás ahí.
No sé qué ha podido pasar. Ayer oí algo de una plaga, pero esto no puede ser una enfermedad. No he visto cadáveres. Es como si la tierra se hubiera abierto y se los hubiera llevado a todos. O quizás han ascendido al cielo, ¿te imaginas? Es como las historias de la vieja Clotilde, ella y su religión, que nunca recuerdo cuál es. Espero que esté bien. Me ha ido manteniendo al día de tu vida. No te enfades con ella, por favor.
Bueno, mmm… el tema es que tengo que volver a casa y he estado pensando… quisiera volver a verte. Si quieres. En condiciones normales es un trayecto de unos diez días, pero las autopistas están vacías y mi idea es conducir hasta que esté reventado de sueño, así que espero llegar antes. Iré directo a tu casa, así que si te parece bien, aguanta ahí, pequeñajo.
Quizás… bueno, todo esto es muy extraño, así que si ves que pasan los días y no llego… o si no tienes ganas de verme y, sobre todo, si necesitas marcharte de ahí para huir de lo que sea que es esto, vete. En ese caso no me esperes. Deja una nota o algo. Si quieres, vaya. Y si no llego… verás, mi salud ya no es lo que era, la edad y eso… ¡Bueno, da igual! El caso es que, si no llego, recuerda que te quiero. Sé que cuesta de creer, pero es así. Al menos el viejo Volvo sigue al pie del cañón, así que al menos por eso no nos hemos de preocupar.
Hablando de eso… ¿Recuerdas aquella historia del ciervo que te daba miedo en el bosque, cuando no tenías ni cuatro años? Puede que no te acuerdes, pero yo hoy lo recordé. Supongo que ver la carretera tan vacía hace que la mente se aburra y te juegue malas pasadas. En fin. Te quiero, cariño. Voy para allá.
Rugidos
Dios mío, cariño, cuánto me alegro de poder hablar contigo. Espero que hayas oído mi anterior mensaje… Ahora que caigo, como pienso llamarte tanto como pueda, quizás sería mejor si vas borrando mis mensajes conforme los oyes, no querría que el aparato se quedase sin espacio.
Hoy ha sido un día raro, pero estoy contento. Verás, creí que ayer hacía frío, ¡había nieve por todas partes! Pero lo de hoy… no sé, quizás tiene que ver con que no haya nadie… ¡Está todo tan desolado! El caso es que no ha parado de nevar desde que salí de casa, así que la carretera ha quedado cubierta de nieve y he avanzado más lento de lo que me había planteado.
No temas, pequeñajo. Dije que iría hasta donde estás y así será. He tenido que estar más horas de las previstas, pero al final he dejado atrás a la anciana madre Rusia, ¡je, je! La verdad es que agradezco poder estar ahora hablando contigo, aunque no hayas cogido la llamada, porque al menos sé que me escucharás. Ha sido un día muy solitario. Tanto que he terminado hablándole al viejo Volvo. No te preocupes, no es la primera vez que lo hago. Con suerte mañana me encontraré con alguien, porque hoy… hoy solo oía un extraño rumor tras de mí. Como si un animal enorme estuviera rugiendo a lo lejos, aunque cuando me he parado no he visto nada. Por suerte, con el camión en marcha no lo escuchaba, aunque el hecho de que lo siguiera escuchando en cada parada debe indicar que no es real, ¿no? O quizás solo está en mi cabeza.
Supongo que el hambre no ayuda a mantener las ideas en su sitio. La verdad, pensaba que, si no encontraba a nadie, sería fácil obtener comida allí donde parase. Aunque fuera comida en conserva, en lata, ¡esas cosas! Y la verdad es que no lo ha sido, así que al final he tenido que comer zanahorias. Sí, tu viejo comiendo zanahorias, como un vulgar conejo. Y crudas, además. Será el hambre, pero no estaba tan mal. Al menos mi estómago ha dejado de rugir.
¿Sabes? Ahora que me fijo, mirando desde aquí… no sé nada del lugar en el que estoy. Quiero decir, anteayer solo era un destino más, así que solo me preocupé por lo justo y necesario para llevar mi carga a donde me habían pedido. Pero ahora miro estas montañas, estos campos… El mundo es enorme, ¿No crees?
En fin, voy a dormir lo justo y necesario y seguiré mi camino. Me pondré en contacto contigo mañana, pequeñajo. Bueno, lo intentaré. Sea como sea, estaré en camino.
Animales
Buenas noches, pequeñajo. Ya creías que hoy no llamaría, ¿verdad? Ha sido un día duro, no te voy a mentir. Si ayer el día se me hizo largo, hoy ha sido siete veces peor. ¿Qué hora es? Las cuatro de la noche. Mejor no hacerlo durar, no quisiera molestarte… y tendré que dormir si mañana no quiero tener un accidente. Hoy casi lo tengo, si te he de serte sincero.
La cabeza… puede que se me esté yendo la cabeza, pequeñajo. Es la soledad, ¿sabes? Cuando encendí el motor esta mañana ya lo noté, casi como si el ronroneo del motor me lo advirtiera. Pero no le hice caso, claro. Me puse en marcha y al poco tiempo me di cuenta de que el tiempo había empeorado. A pesar de que viajo hacia el sur, cada vez hace más frío. En realidad, eso no es tan raro, el clima cambia de un día a otro, claro. Quizás si hoy estuviera donde ayer, estaría todavía más helado, pero el caso es que el tiempo ha ido a peor. Ayer estaba todo cubierto de nieve, pero hoy la carretera está helada. He tenido que avanzar mucho más despacio de lo que me hubiera gustado.
No he encontrado a nadie en mi trayecto, así que podrías pensar que las posibilidades de tener un accidente son mínimas, pero el caso es que en estas circunstancias parece que mis ojos se aburren y quieren echarse a dormir con más facilidad. Y si tuviera un accidente… sería una sentencia de muerte, sin absolutamente nadie que me pueda ayudar. Incluso si no sufriera heridas serias, si el camión se me jode tendría un problema de los gordos. Y sinceramente, no quiero bajar del Volvo más allá de lo justo y necesario.
Te preguntarás por qué. Verás, aunque el paisaje helado es aburrido, es también hermoso. Pero resulta complicado disfrutarlo si no puedo dejar de pensar en lo extraño que es todo esto. Me he empezado a sentir un poco mejor cuando me he dado cuenta de que, aunque no he visto a ningún ser humano, al menos sí parecían quedar animales por ahí. A lo lejos vi un ciervo cruzando la carretera. Desde lejos me pareció que el bicho se lo tomaba con calma, como si supiera que ahora era el rey del mambo y que por ahí no iba a pasar nadie a molestarlo. No era eso lo que le pasaba. Al pobre le pasaba algo malo.
Antes de llegar a su altura, el animal se ha dejado caer al suelo, casi como si fuera a echarse una siesta. Pero cuando el camión estaba cerca de él no se ha inmutado. Me ha empezado a dar mal rollo, la verdad. Otra movida más dentro del montón de movidas. Incluso he hecho sonar la bocina, pero ni se ha inmutado. Estaba allí, en el suelo, con las patas en una posición extraña, los ojos abiertos pero inmóviles y la boca abierta con la lengua fuera.
«Está muerto», he pensado. Así que, cagado de miedo, he bajado del camión. Me he acercado lentamente, le he dado un toque con la punta del pie y no ha reaccionado. Lo he tocado y estaba frío como un témpano. Total, que el animal había decidido morir justo en medio de mi camino y yo no tenía ganas de pasarle por encima. No me parecía correcto. Así que he intentado mover su cadáver.
Te debes estar preguntando qué puñetas te estoy contando, ¿verdad? Bien, pues verás, el bicho no estaba muerto. No sé qué diantres le pasaba, pero solo ha vuelto en sí cuando he intentado moverlo y entonces ¡ha sido como si lo hubiera poseído el espíritu de un toro de lidia! Me ha embestido y lo he esquivado de milagro, pero es que luego el puto ciervo no se ha contentado con eso. No ha huido, he sido yo el que ha tenido que apartarme una y otra vez, correr hasta la cabina del camión, subirme y arrancar. Y aun así, lo juro por Dios, el muy cabrón me ha intentado perseguir por la carretera. Lo he perdido de vista pronto, pero ya no he podido parar de mirar por el retrovisor en todo el día. Y aun así no me lo he podido quitar de la cabeza. Seguro que tú tampoco podrías.
De hecho, me volví a acordar del monstruo. Del ciervo de huesos que imaginabas de pequeño y que decías que entraba a tu habitación, que lo habías visto en el bosque y que te había seguido hasta casa. Siento traerlo a colación de nuevo, pero ya eres un adulto y está claro que esto que está pasando no es normal. El caso es que lo volví a recordar y entonces me imaginé que esa cosa me perseguía. Que era el ciervo de antes o una criatura de la misma naturaleza, solo que el de hoy me atacó nada más morir y el otro quizás lleve años muerto. Lo siento, hablo como si fuera real, pero tengo mis motivos. Además, juraría que he vuelto a oír su… ¿Rugido?
¿Sabes lo que es conducir por una carretera vacía durante horas y horas, sabiendo que quizás te persiga un animal que ha vuelto de entre los muertos? Bien pensado, puede que hasta hace poco no lo supiera nadie. Bueno, quizás en la época de las cavernas sí era habitual sentir algo parecido, cuando la gente no entendía el mundo que les rodeaba, pero no creo que fuera exactamente igual. El caso es que llegó un momento a media tarde que, dándome cuenta de que mi cuerpo estaba empezando a resentirse de tanta tensión, decidí que tenía que sobreponerme a ello. La espalda me tiraba con un dolor sordo y la mano me temblaba más que nunca. Ha sido horroroso, ojalá fuera diez años más joven.
Y me sobrepuse. Dicho así parece fácil, pero no lo ha sido. Paré un momento y busqué debajo del asiento, donde guardo una pequeña caja de metal, de esas que se usan para guardar herramientas. Pero lo que allí tengo son fotos. Nuestras fotos. Igual piensas que soy idiota y que no puedo decirte esto ahora y que yo espere que tú creas que eres tan importante para mí. Pero lo eres. Supongo que entonces te preguntarás por qué cojones no he ido a verte en todo este tiempo. No me odies, solo aguanta un poco más. Quiero contártelo en persona. Nos vemos pronto.
Huesos
¡Hola de nuevo! Ojalá estés por ahí y puedas coger la llamada. No te preocupes, sé que tendrás mucho que hacer. Debe ser difícil resistir a lo que sea que esté sucediendo. Imagino que por allá hay más supervivientes o con suerte no os ha afectado. Hoy ha sido un buen día. Cuando he despertado el Volvo estaba tan helado que creía que no iba a arrancar, pero al final echó a andar.
Al fin ha dejado de hacer ese horroroso frío, aunque quizás sea porque estoy ya en Lituania, ¿o era Letonia? Joder, soy un desastre y, la verdad, con esto de que la carretera está vacía, conduzco como un autómata. Aunque no sé si es peor eso o cuando me da por pensar, porque… ¿Y sí…? No, no, dejémoslo estar.
Hoy he podido comer. Sí, ayer no comí. No quería preocuparte, pero me está siendo más difícil obtener comida de lo que pudieras pensar. Es como si todo dios se hubiera pirado sin avisar y se hubieran llevado con ellos un montón de cosas, como la comida y las sillas. Por lo menos sigue habiendo gasolina para el camión y los carteles de la carretera siguen ahí.
No es lo único que se mantiene en pie. Es una sensación muy rara. Veo las vallas de publicidad, por ejemplo, y pienso que únicamente pueden ir dirigidas a mí. ¡No hay nadie más! Hoy vi una de un restaurante y se anunciaba con la foto de un filete de aspecto delicioso. Sin embargo, y aunque parezca raro, me quedé más rato añorando las patatas que lo acompañaban. Joder, como echo de menos comerme unas patatas fritas. Total, paré en el restaurante y, claro está, no había nadie, ni había comida. Excepto una lata de comida para gatos. Te puedes imaginar el resto. Oye, no estaba tan mal.
No sé si tendrá que ver con la falta de alimento, pero cuando me veo en el espejo me preocupo un poco. Me veo macilento y tengo la barba peor aún de lo que la tenía hace unos días. No te lo digo para que te preocupes, no temas, pero quiero que lo tengas en cuenta para cuando llegue, no te vayas a asustar. A todo esto, hoy se me cayó un diente. Fue raro, porque ni me dolía, ni sangraba, ni nada. Pero sí me dio bastante grima, sobre todo cuando caí en que los dientes no dejan de ser huesos y eso me trajo a la mente al huesudo. Así es como llamabas al ciervo monstruoso cuando eras pequeño, porque era todo huesos. Como un esqueleto de una de esas películas de terror. ¿Has visto «El ataque de los muertos sin ojos»? Buenísima. Solo que, en este caso, da más miedo y es menos divertido. A mi al menos me daba mucho miedo, pero eso nunca te lo dije.
Hoy no he vuelto a oír el aquel sonido que me seguía, aquel rugido, por llamarlo de algún modo. El caso es que ya no hace tanto frío, pero el clima sigue empeñado en complicarme el viaje. Hoy hacía un viento horrible, el peor que haya visto nunca. De hecho, seguro que lo estás oyendo ahora mismo, a través del teléfono. Hacia el final de la jornada empezó a soplar de tal forma que temía salirme de la carretera e irme barranco abajo. Pero descuida, llevo años en el oficio y, mal que me pese, sé cuándo parar. Pensaba que quizás no lo oía, aquel rumor, aquel ruido sordo que parece un animal, porque el sonido del viento lo disimula. Si eso sucediera, no me enteraría de si se acerca. O tal vez lo que oía de lejos era este viento que ahora parece que me persigue a todas partes. Es como si la bestia me hubiera devorado. Mejor lo dejo o no voy a poder dormir hoy. Te quiero.
Luces
Buenas noches, una vez más. Lo siento si sueno cansado. Lo estoy. De hecho, estoy hecho mierda. Pero no te preocupes, sigo en camino. Tengo hambre, pero por suerte el cansancio no deja mucho espacio para sentir hambre. Imagina como de cansado debo estar, ¡Ja!
Ahora mismo estoy ya totalmente convencido de que esto no es normal, pequeñajo. Lo del tiempo, digo. Hoy ha decidido llover. Agua, en tal cantidad que juro que jamás había visto algo así. De hecho, estoy empapado con solo haber salido del camión para entrar en esta gasolinera y ver si había un teléfono. Volver ahora al Volvo se me hace un mundo. Temo que el agua se me pueda llevar, porque ahí fuera me llegaba hasta las rodillas. Este edificio, al menos, está un poco elevado. Aun así, la sola idea de dormir fuera del camión me aterra más que cualquier otra cosa. Y eso que esta mañana, durante un momento, parecía que no iba a arrancar. Por el agua, supongo.
Por suerte, al final sí se puso en marcha. Y no sé si será que hoy era casi imposible ver la carretera o que ya llevo días sin ver un alma, pero el caso es que me di cuenta de que estoy ignorando las señales. Joder, si es que recuerdo hoy haber pasado por una frontera y ni haber frenado. Es casi como si… como si todo lo que tiene que ver con la humanidad, poco a poco estuviera dejando de tener sentido. Supongo que es normal, ¿qué sentido tienen carreteras, casas o coches si ya no hay personas? ¿Las volverá a haber algún día?
Al menos parece que he seguido el camino apropiado, por lo que imagino que he debido hacer caso, aunque sea de manera inconsciente, a las señales que indicaban el camino hasta nuestro país. Llevo ya la mitad del viaje, así que esperaba ya haberme encontrado con alguien, pero no pierdo la esperanza. Sé que estás bien.
De hecho, he de confesar que llevo ya tanto sin ver a nadie, que me da un poco de miedo encontrarme a quien sea, ¿Qué clase de persona sería? No sé si te lo he dicho, pero a lo largo de estos días, en varias ocasiones, he visto luces en la lejanía. Luces que oscilaban como solo lo hacen las luces del fuego. Y humo. A veces en compañía de esas luces, otras en solitario, pero evidenciando igualmente algún incendio. Humo negro. Un humo malvado, diría.
Quizás por eso hoy, pese a todo, no me ha parecido tan mal día. Nunca había estado tan cansado. Llueve tanto que da miedo, tengo un hambre atroz y estoy calado hasta los huesos. Pero al menos hoy no veo el fuego ni huelo el humo. Porque, aunque sé que es mi imaginación, hubiera jurado que olía a carne humana. Pero sé que no tiene sentido, porque jamás he olido la carne humana quemándose, así que no puede ser. Igual que no puede ser que el huesudo exista y esté por aquí cerca. Y ahora que lo sé, ya no lo temo.
Mira, pequeñajo. Ha parado de llover. Así, de golpe. ¡Lo sabía! Es todo un tema de actitud. Desea que te pasen cosas buenas y te pasarán. Perdona si me oyes llorar, es de alegría. Menudo sol hace, así de repente. ¡Incluso ha salido un arcoíris! Mañana será un gran día, hijo. Un gran día.
Reflejos
Lo siento, pequeñajo. Sé que es tarde. Habrás estado preocupado, sin saber nada de mí. Hoy ha sido un día malo, muy malo. Aunque ayer dejó de llover durante un rato, lo que parecía un momento destinado a darme esperanza resultó ser poco más que un mal chiste. Luego volvió a llover, con más fuerza si cabe. Incluso al camión le costaba avanzar, imagina.
Por supuesto, no podía detenerme. Un día de descanso me hubiera venido genial, pero no sé cuál es tu situación y cada hora que pasa aumenta las posibilidades de que te marches de casa, quizás huyendo de todo esto o si el gobierno está intentando alejaros del peligro. Esperaba que ya hubieras respondido a alguna de mis llamadas… ¿Tanto me odias? No es justo. No lo es. Estás siendo injusto conmigo. No me marché porque no te quisiera, ¿sabes? Tenía miedo. Sí, eso. Todos tenemos miedo y ahora estoy intentando vencer al miedo para verte. ¿No me hace eso merecedor de que levantes el puto teléfono y hables conmigo?
Perdona. Eso no ha estado bien. Como te decía, no puedo quedarme aquí descansando. Para empezar, no hay comida, excepto algún hallazgo esporádico que, como el condenado arcoíris, parecen estar ahí solo para hacerme aguantar un poco más y que cada día pueda ser peor que el anterior. El universo conspira para torturarme, ahora lo sé.
Me comí una lata de atún. Lo único comestible en el edificio desde el que te llamé ayer, y encendí el camión de nuevo. Te diría que cada día le cuesta más arrancar al motor, pero… bueno, a ver como te lo digo. Han pasado muchas cosas hoy.
Al Volvo le costaba avanzar entre tanta agua y a ratos ni veía la carretera. Lo cual hace todavía más raro que de golpe se encendiese la radio y empezara a escucharse una voz. No entendía ni papa de lo que decía. Parecía francés, pero sé francés y no lo era. También creo que la voz parecía humana, pero no lo era. Un poco como ese ciervo que, ahora lo sé, no era un ciervo. Imposible. Tampoco es posible que el mundo se haya quedado vacío, pero que yo siga aquí. Igual que no puede ser que no me cojas las llamadas. Eres demasiado bueno, nunca me harías eso.
Es como si todo fuera un reflejo. Pero no un reflejo normal, sino uno de los que proyectan esos espejos deformes de la feria, donde todo se ve raro. Siniestro, incluso.
La radio, sí, eso. Me distrajo. Nunca me había pasado, pero entiende que el agua no me dejaba ver y que de repente estaba intentando saber qué decía esa voz. Hubiera sido hermoso encontrarme con otra persona, con quien fuera. Pero me distrajo y cuando me quise dar cuenta me había metido en un puerto de montaña por el cual tenía que descender con un vehículo que claramente no podía circular por allí. Puede que fuera una trampa, porque cuando cayó un relámpago, lo vi reflejado en el retrovisor. El huesudo.
¿Sabes una cosa? Le odio. Es su culpa. Todo esto. Nunca he estado contigo porque cuando de pequeño empezaste a hablar de que tú también lo veías, no pude evitar recordar que ese maldito monstruo, exactamente el mismo, me había estado aterrorizando cuando era niño. Y ahora volvía a por ti. Y me fui, porque en mi fuero interno sabía lo que quería. Hacerme daño. Y no podía permitir que lo lograse a través de mi hijo. Durante mucho tiempo llamé a tu madre. Ella no lo entendía. ¿Cómo lo iba a entender? Pero me lo confirmó. Dejaste de verlo. Me lo había llevado conmigo y por eso sabía que no podía volver.
Y ahora lo vuelvo a ver y estoy yendo hacia ti, y quisiera poder hablar contigo para saber si crees que estoy siendo egoísta o solamente estúpido.
Lo he vuelto a ver, persiguiéndome. Y supongo que logró lo que pretendía, porque me salí de la carretera y el Volvo cayó por un barranco. Desperté pasadas demasiadas horas. Tengo la cara hinchada y quizás tengo una fisura en la cadera o algo similar. Pero sigo vivo, aunque no sé si celebrarlo. Quizás incluso debería agradecer que el camión terminase cayendo de pie, en un tramo inferior de la misma carretera.
Me costó la vida arrancarlo, creo que el motor está dañado. Y el chasis ya ni te cuento. Además, como cuando se detuvo estaba mirando en dirección contraria, tuve que volver a ascender y deshacer el camino ya hecho, porque no podía maniobrar en una carretera tan estrecha. Ni rastro del huesudo, por lo menos. Lo que te decía. Lo hace adrede. Juega conmigo.
Por eso te he llamado ya amaneciendo. Ahora voy a dormir, porque no puedo no hacerlo. Estoy al límite. No, mucho más allá del límite. Hace sol de nuevo, aunque seguro que cuando despierte, imagino que habrá un tornado o algo. Ya me espero cualquier cosa.
Cuerpos
Ayúdame. Por favor. Sé que no puedes venir a por mí. ¡No quiero que vengas a por mí! Pero descuelga el teléfono, eso me ayudaría.
Todo va de mal en peor. Hoy el Volvo no arrancó. Ahora soy consciente del esfuerzo que ayer hizo mi viejo amigo para salvarme, para llevarme hasta un lugar seguro, antes de abandonarme para siempre. Pude avanzar igual, porque lo que tiene que la gente desaparezca es que hay vehículos abandonados de sobra, pero… no es lo mismo. Si no lo he hecho antes, si no he buscado un vehículo más rápido, es porque me parecía inmoral. Ese camión ha sido mi casa, mi refugio, mi compañero, desde hace tantos años que… dejarlo atrás es como haberme arrancado un brazo. No, peor aún.
Pero lo he hecho. Por ti. Espero que sepas apreciarlo, pequeñajo.
Ayer dije que hoy habría un tornado. Me equivoqué en eso, pero acerté en que el clima se ha vuelto loco. No, loco no. La locura no tiene sentido, no tiene objetivo. El tiempo se ha propuesto joderme la cabeza, lo cual es mucho peor, ¿no?
Lo está consiguiendo, claro. Hoy hacía, si me puedo fiar del termómetro del coche que tomé prestado, más de cuarenta grados. Absolutamente demencial. No me lo creería si no fuera porque lo he sentido en mis carnes. Decidí cargar tanta agua como pudiera en el coche, porque en la estación de servicio donde paré ayer había algunas garrafas. Juro que estaban bien cuando las cogí, pero ahora están marrones y se ve dentro del agua cosas vivas que flotan.
Así que hace calor, estoy desnutrido, herido y deshidratado. Genial. Eso explicaría que casi tengo otro puto accidente. Pero no lo tuve, descuida. Fue esta mañana. La cabeza me daba vueltas y casi paso por encima de… bueno, una persona. Sí. Se ve que ya me he hecho tanto a la idea de que estoy solo que vi su cuerpo y pensé que era un tronco caído.
Estaba inmóvil, en mitad de la carretera, y la esquivé de milagro. Puse un pie bajo fuera del coche, dispuesto a salir para acercarme, pero entonces recordé el ciervo. No quería que aquella mujer se alzase contra mí e intentara matarme. Así que volví a subir y me acerqué con el vehículo.
No se movía, así que bajé la ventanilla para asomarme. Desearía no haberlo hecho. Aquella pobre mujer estaba… era como si una manada de leones se hubiera cebado con ella. Una carnicería, eso es lo que era. No me bajé, pero te puedo asegurar que no me hizo falta, estaba muerta sin remedio. No me pidas que entre en detalles.
Así que he vuelto a arrancar. Y si creías que hasta ese momento llevaba un mal día, espera y verás. Pasadas unas horas me sorprendí pensando en que quizás había una explicación racional para todo esto. ¡Pobre infeliz! Pensé que, aunque el calor amenazaba con hacer que me desmayara, al menos a la luz del día era complicado creer en monstruos y fantasmas. El huesudo no existe, es solo producto de mi mente. Eso he pensado.
Bien. Pues resulta que a los monstruos, al contrario de lo que creía, les importa una mierda que sea de día. Y resulta que, pese a lo que el cine nos ha enseñado, si te los encuentras con el Sol en todo lo alto, bien iluminados, no dan menos miedo. Una mierda. Casi me cago al verlo tan cerca.
Primero lo he visto a lo lejos, por el retrovisor, corriendo a cuatro patas. Luego se ha ido acercando, mientras yo no podía hacer nada para quitármelo de encima por muy rápido que fuera, y eso que la carretera está vacía, como ya sabes. Al final me ha alcanzado y el corazón estaba a punto de estallarme. Se me salía del pecho, lo juro.
Me ha alcanzado y ha cogido el coche con sus garras. Bueno, garras, pinzas, no sé. Esa cosa, vista de cerca, no se parecía a un cadáver animado, como yo siempre lo había imaginado. Era mucho peor, porque en su cabeza seguían estando aquellos cuernos, pero sé que ningún ciervo tiene esos dientes. Ni esas garras, ni esas pinzas. Pinzas como los cangrejos o los escorpiones. Estoy bastante seguro de que las tenía, sí. No era un cadáver, era como un amasijo de cadáveres, todos juntos.
Sea como sea ha empezado a reventar el vehículo desde atrás y ya no podía avanzar. ¡Era mucho más fuerte que el motor del coche! No me ha quedado otra que bajarme al asfalto de un salto y echar a correr. Pero claro, era imposible que escapara de aquella cosa, así que en cuestión de segundos lo tenía encima de nuevo.
No sé cómo se supone que tenía que enfrentarme a algo así. ¿Cómo nadie podría hacerlo? Quizás por eso no queda nadie con vida, se los debe haber comido a todos. ¿Por qué entonces me ha dejado para el final? Me ha estado siguiendo desde que yo era pequeño, así que debe ser porque soy importante para él. Puto huesudo. ¿Por qué le intereso? No lo sé. Ojalá lo supiera. El caso es que creo que todo lo que está sucediendo tiene por único objeto torturarme. No creas que me gusta sentirme tan importante, de verdad.
¿No me crees? Tenía al monstruo ya encima y ha abierto sus fauces. Primero sonaba como un gruñido, grave, terrible. Pero luego el sonido se ha ido transformando y era como si un montón de voces, no una voz, muchas, pidieran ayuda. Lloraban, gritaban, pedían que acabara con su sufrimiento. Y no puedo asegurarlo, porque ese maldito ser es todo hueso, pero juraría que sonreía satisfecho de sí mismo.
Pensaba que iba a morir. Como podrás suponer, no morí. Busqué entre los bolsillos de la chaqueta para encontrar nuestras fotos. Quería verte una última vez, pero tan temblorosas estaban mis manos que se me han caído al suelo. Y antes de poder recogerlas, el huesudo se ha lanzado sobre ellas y las ha agarrado todas entre sus zarpas. Luego se ha marchado sin más. No sé si me creerás, pero juraría que se ha ido riendo. Podría haberme matado, pero supongo que cree que quitándome el único recuerdo de ti que tengo me hace más daño. No le falta razón.
De eso ya hace tres horas. Me ha tocado seguir a pie, bajo el Sol abrasador. Ver el calor deformando el asfalto en el horizonte, mientras avanzas a paso de peatón, sabiendo que hay por ahí suelto un demonio que te odia… No tengo palabras para describir lo que siento. Agonía, quizás. No, no es eso. ¿Desesperación? No, es algo más. Lo odio. Odio a esa cosa, odio esta carretera, odio mi maldita mala suerte y me odio a mí mismo por haber huido en vez de enfrentarme a él. Lo siento.
Hoy debería haber llegado a Francia, pero me he quedado a unos diez kilómetros de la frontera. Te diría que solo me quedan dos o tres días de viaje, pero… ayúdame. Dime algo. Por favor.
Coincidencias.
Estoy harto. Y, sin embargo, continúo mi camino. ¿Qué otra cosa podría hacer, si no eso? Cuando he despertado ya no hacía sol. Bueno, es posible que sí lo hiciese, pero lo mismo da, porque no se veía nada. Era como si el mundo entero hubiera sido devorado por una tormenta de arena. No, arena no es el término. Ojalá fuera arena. Esto era más bien… polvo. Cenizas. Sí, eso es, cenizas. No quiero saber su origen.
Conducir así ha sido un horror, porque ni con las ventanillas subidas podía evitar que esa suciedad entrara dentro del coche. Ah, sí, eso. He tenido que coger otro coche. Y puesto que ahora que ya estoy en Francia veo que aquí está todo igual de hecho mierda, ya puedo asumir que esto ha debido afectar a todo el mundo, sea lo que sea. Por tanto, en estas circunstancias creo que puedo permitirme responder a lo que quizás te estés preguntando. Sí, en efecto, tu padre sabe hacerle un puente a un coche. Tendremos tiempo de hablar del porqué.
El caso es que no ha importado demasiado porque pasada una hora he encontrado algo que me ha hecho parar. Ahí, en medio de la carretera, estaba el viejo Volvo. Bueno, no era mi camión, claro, pero era idéntico. No he podido evitar bajarme y acercarme a él. No solo es que fuera el mismo modelo, sino que además estaba pintado igual que mi pobre camión e incluso, lo juro, tenía sus mismas abolladuras.
Tampoco he podido evitar subirme a él, pero mi asombro pronto ha empezado a tornarse en intranquilidad. En miedo. ¿Por qué? Pues porque del espejo colgaba un ambientador igual que el que tenía yo, y además tenía las llaves puestas y estas estaban sujetas con un llavero casi idéntico al que usaba yo. De hecho, todavía las llevo conmigo y las he puesto unas junto a las otras. Mi llavero es una chapa hecha usando una moneda de veinte duros. El que tenían estas llaves es igual, solo que la moneda, aunque del mismo tamaño, me es desconocida. No parece una moneda francesa, ni ninguna de nuestro país o cualquier otra que haya visto jamás. Te parecerá una tontería, pero el caso es que al verlo me ha recorrido un escalofrío por el espinazo. Y, sin poder evitarlo, ignorando mi instinto, he rebuscado bajo el asiento y he encontrado una caja metálica, como la que tenía yo en mi camión, pero de color rojo. Creo que no tenía tanto miedo ni cuando tuve ayer ante mí a esa cosa del demonio. Pero la he abierto. Era eso o morir de un infarto. ¿Sabes qué he encontrado dentro?
No te lo voy a decir. Lo siento. Porque si me estás oyendo y descuelgas el teléfono, ya nada tendrá sentido. Si me dices que lo que he visto es real, supondrá que estás en peligro mortal. A punto de morir. Y si me dices que no lo es… entonces soy yo quién está a su merced, porque estoy en su reino y mi viaje nunca llegará a su fin, porque aquí todo se doblega a su voluntad.
Estoy harto, harto, harto, ¡harto! Pero he continuado mi camino, porque si estoy quieto el miedo es más difícil de soportar. Mientras me mueva al menos tengo un objetivo, aunque pueda dudar de si tiene sentido alguno.
Ni yo mismo sé por qué, ni sé si he hecho bien, pero he seguido el trayecto en el viejo… no, en el nuevo Volvo. Suena sucio, ¿verdad? Pues imagina conducirlo. Es como si le hubiera arrancado la piel a otro y me la hubiera puesto, solo que en este caso ese otro es un hermano gemelo al que no conocía. Y que puede que ni sea humano. O real. Mierda.
Entre eso y toda la ceniza en el ambiente, el humo en el horizonte,las llamas recorriendo cada núcleo urbano que veo a lo lejos, pero jamás visibles al llegar a ellos… Y ahora el camión. Te lo dije. Intenta volverme loco. Jugar conmigo. Me da esperanzas solo para poder arrebatármelas una y otra vez.
Cuando ya anochecía me encontré con que la carretera estaba cortada por un montón de coches que habían quedado allí, abandonados, formando un atasco fantasma. Un mal rollo de cojones, pero a estas alturas ya se necesita algo más para sorprenderme. El caso es que había un coche con la radio encendida. Sonaba una canción que no conocía. La melodía parecía relajante, pero la letra hablaba de las consecuencias de una guerra nuclear. De como las bombas lo incineran todo, derriten la vida y solo dejan un yermo a su paso, tras haber pulsado alguien un solo botón. Era como la banda sonora que le podría poner satanás al ascensor que lleva a sus empleados al puto infierno.
No podía dejar de escucharla. No porque me gustase especialmente, sino porque no tenía sentido que la radio estuviera encendida, ¿no? Tanto da, porque se ha apagado a mitad de canción y no he logrado ponerla en marcha de nuevo. Me he vuelto a subir al camión y entonces me he acordado de que podía tomar un camino alternativo si me salía de la carretera y me desviaba por una senda que no parecía ir a ninguna parte, pero que en realidad me llevaría incluso más rápido a la estación de servicio desde la que te llamo. Como supondrás, acerté. Lo cual no tiene sentido porque jamás había estado aquí ni había tomado ese camino antes. Por tanto, entiende, pequeñajo, que piense que quizás mañana amanezca muerto, porque creo que me ha atraído justo a donde él quería. Pero estoy demasiado cansado, hambriento y desanimado como para que me importe. Estoy harto, pequeñajo. Te quiero, pero ya no me quedan fuerzas. Y tú sigues sin responder.
Orígenes
Buenas noches, pequeñajo. Lo siento. Siento lo de ayer, lo de estos días. Todo esto me ha llevado al límite, pero teniendo en cuenta la situación, tanto ayer como hoy han sido buenos días. No, buenos, no, claro está, pero sí mejores que el infierno que han sido los días anteriores.
Estoy empezando a creer que lo voy a lograr, que llegaré hasta casa. Hoy estoy ya en España. Me gustaría seguir avanzando hasta llegar hasta a ti, pero he conducido once horas seguidas y eso tras una semana entera de conducir sin descanso y en las peores condiciones posibles. Casi tengo otro accidente, porque si te soy sincero, cada día me siento más enfermo, más débil. No es solo mi cuerpo, también mi mente está cada vez peor, pero solo necesito que resista un poco más, ¿verdad?
Por eso es que también quiero disculparme por no haber llegado ya hasta ti. Sé que tendrás ganas. Yo también, créeme, pero hoy era imposible. Te cuento y verás como lo comprendes.
El nuevo camión funciona tan bien como lo hacía el viejo antes del accidente, así que no he vuelto a tener problemas en cuanto al vehículo, lo cual es una suerte, sin duda. Tampoco me puedo quejar del clima, visto lo visto. Sí, durante todo el día una espesa niebla ha cubierto la carretera y no me dejaba ver con claridad, por lo que he tenido que circular más despacio de lo que pretendía, pero al menos he avanzado sin parar y, bueno, prefiero la niebla al sol inclemente, las heladas polares o que caiga el mismísimo diluvio.
Como verás, la niebla explica que no esté ya contigo, pero como ya supondrás hay mucho más. Últimamente mis días son de todo menos aburridos, ¿no crees?
El caso es… ¿Recuerdas lo que te dije de los incendios? Pues no he dejado de verlos. No todo el rato, por supuesto, pero no hay día que no vea alguno. Un par o decenas, depende del día. Pero siempre a lo lejos. Hoy, por ejemplo, he visto muchísimos. O quizás es que su luz destacaba entre la niebla. Las llamas bailando en el horizonte, pero nunca cerca. ¡Nunca cerca! ¿Qué sentido tiene eso? Recuerdo que alguna vez alguien me habló de algo llamado fuego fatuo, que eran como unas llamas que se aparecían flotando y que no eran sino fantasmas, espíritus de los muertos. ¿Lo que veo son ánimas en pena? A estas alturas, todo podría ser. ¿Eso implicaría que estoy en el purgatorio?
Intentemos ser racionales. Intentémoslo, aunque dudo que lo consigamos. Si esos incendios son… incendios y ya está… puede que tengan su origen en el colapso de las estructuras construidas por el ser humano, pero entonces, ¿por qué nunca veo un incendio cerca de mí? ¿Por qué siempre a lo lejos? No tiene sentido. Y ese es el problema. Nada de lo que sucede a mi alrededor parece obedecer al terreno de lo racional.
Por tanto, quizás es que he perdido la cabeza. Puede que esté encerrado en un psiquiátrico o tal vez he tenido un accidente con el camión y estoy desangrándome en la cuneta. Quizás todo esto es producto de mi mente.
Esa respuesta no me gusta, claro. Si así fuera, todo quedaría resuelto, todo tendría sentido, de algún modo, pero algo en mi interior me asegura que ese no es el caso. Y quizás sea esta cabezonería lo que ha causado que intentara acercarme a uno de esos incendios. Lo siento. He perdido tiempo intentándolo y ha sido en balde. Siempre están lejos, nunca se acercan. Juro que no me volveré a distraer. Mañana estaré contigo, te lo aseguro.
Pienso cumplir mi promesa, lo juro. Pero no puedo evitar tener la sensación de que algo saldrá mal, muy mal. Desde que esto empezó, el mundo ha estado conjurando contra mí. Cada momento de calma solo ha servido para que el siguiente golpe doliera más. Ahora que todo parece estar yendo bien, ahora que parece que esté tan cerca… ¿Crees que será tan fácil? Yo no.
Por eso es que quiero explicarte todo lo que sé del huesudo. Es poco, ya te lo adelanto, pero créeme que mereces saberlo. Al fin y al cabo, aunque hasta ahora me ha acosado a mí, quién sabe qué hará cuando ya no pueda divertirse más conmigo.
Esto es lo que yo pienso. La primera vez que lo vi era pequeño. Tendría unos cinco o seis años, cuando lo vi rondando la casa de mis abuelos, un fin de semana que había ido a pasarlo allí con ellos. Creí haberlo imaginado, pero mi abuelo vio la expresión en mi cara y me dijo, «Lo has visto, ¿verdad?». Sabía qué era lo que había descubierto allí fuera.
Supongo que, poco a poco, olvidé aquel episodio. Mi abuelo, un hombre que vivía por y para la caza, tenía muchos secretos que guardar. Pero cuando algunos años más tarde me enseñó a disparar, me explicó lo siguiente: «Sé que no te gusta cazar. Sé que no quieres matar. Pero has de aprender, porque hace años quedé en deuda con un espíritu y algún día va a querer cobrarse lo que le debo. Cachorro por cachorro. Intentaré impedírselo, porque te quiero más que a nada, pero no creo que lo logre. Quizás, si lo fuerzo a tener que enfrentarme y me mata, quizás se contente con eso. Si no, solo te ruego una cosa. No vivas con miedo.
Mi abuelo murió. Bueno, desapareció un día que había salido de caza. Solo, como siempre. Entonces volví a ver al huesudo, allí, asomado a la ventana. Y únicamente dejó de aparecerse, noche tras noche, cuando fui a vivir a la ciudad. Luego crecí. Olvidé. Luego llegaste tú. Y finalmente me marché. No, finalmente no. El final aún está por llegar. En todo caso el huesudo solo dejó de aparecer un tiempo. Ha estado jugando con nuestras cabezas todos estos años, ahora lo veo claro.
Creerás que estoy loco, por supuesto. Pero el caso es que algo se llevó nuestras fotos. Y, ¿recuerdas la caja de herramientas en el nuevo Volvo? En el viejo tenía las fotos que me robó el huesudo. En esta nueva caja encontré algo similar. Eran fotos. Muy parecidas. En ellas, miro a la cámara mientras estoy en el jardín. Sí, igual que en las otras fotografías. Pero en estas estoy solo. Mi mirada no transmite alegría, ni tristeza. No transmite nada. Y no recuerdo cuándo ni quién me hizo esas fotos. Bueno, he dicho solo, queriendo decir que en ellas no estás tú ni está mamá, pero ¿sabes quién sí está? El huesudo, tras de mí. Enorme, sombrío, como si fuera a abalanzarse sobre mí… no, no, olvida eso. He estado mirándolas una y otra vez. El muy cabrón está mirando a la cámara. Está posando, como si fuera mi familia, como si yo fuera su hijo o algo así. Le odio.
Le odio y estoy cansado. Estoy débil. Hoy tuve que parar a mediodía y me dormí. Soñé con accidentes de tráfico, con muertos que se levantaban para marcharse ellos solos hacia el fuego que los consumía. Con el huesudo, quien me miraba con sus ojos vacíos y, lo creas o no, llenos de ternura. Le dije que estaba hambriento y herido y me dijo que me curaría. Desperté, gritando de pánico, y me seguía doliendo todo. Pero allí, sobre el asiento del copiloto, había un bocadillo. ¿Te lo puedes creer? Un bocadillo de tortilla, aún caliente. Tenía un aspecto delicioso, pero lo lancé por la ventana y arranqué.
Creo que empiezo a entenderlo. ¿Tú no? Ya no importa. Mañana nos veremos y te contaré lo que pienso. Pero solo cuando nos hayamos abrazado y nos marchemos. Hemos de irnos, cuanto más lejos mejor.
Despedidas
Hola pequeñajo. Siento que haya pasado tanto tiempo desde que hablamos. Ya casi hace un año, pero quiero pensar que estás bien. Sé que te lo digo mucho, pero me alegro de haber podido verte aquel día, aunque fuera en una situación tan terrible. Como antes de aquel día, sé que esta llamada no tiene sentido. Él nunca dejará que mis palabras lleguen hasta ti. Sin embargo, confío en que sientas mi presencia y te reconforte, del mismo modo que a mí me reconforta la tuya.
El monstruo dice que él está cumpliendo su parte del trato y, de algún modo que no alcanzo a entender, sé que dice la verdad. Supongo que es algo similar a la forma en la que ahora se comunica conmigo, sin realmente pronunciar nunca ni una sola palabra.
Parte del trato era el no poder verte más. Es un tipo bastante celoso este huesudo, pero al menos parece que su extraña mente tiene algún concepto del honor o la moral, porque está cumpliendo sus promesas. Por eso mismo es que te dejo estos mensajes, pero solo cuando él me deja, porque sabe que no podrás descolgar el teléfono. Qué extraño este destino que nos ha tocado vivir, ¿no crees?
Sé que has intentado seguirme, pero no te conviene. Si lo hacemos se enfadará y te hará daño. Del mismo modo que ahora te protege porque sabe que eso me hace obediente, no dudará en matarte para castigarme. Así que no podemos hacer mucho al respecto. Quiero decir, mira cómo está el mundo por su capricho, por querer tenerme para él solo. ¿Qué podemos hacer dos pobres diablos como nosotros?
Si seguiste mi rastro, es posible que llegases hasta el Volvo. El nuevo, me refiero. Que sepas que lo abandoné hace ya mucho y estoy tan lejos que esa pista no te vale de nada. Pensé que si había sido otro de los turbios regalos del huesudo, prefería no usarlo más. Desde entonces he caminado. Mucho. Así que no vas a poder encontrarme.
Descansa. Sé feliz. Piensa en que tu padre hace todo lo que puede para que vivas tu vida en paz, aunque sea en este extraño mundo. Y recuerda siempre, siempre, que nunca dejaré de quererte.
