A continuación, tenemos la partida de Stormcrow que ha jugado a Un Vampiro de Mil Años.
Primera parte del diario de Nedjemet, una bailarina del templo de Hathor en el Egipto ptolemaico del siglo I a.C., que es transformada en inmortal, maldita y por siempre sedienta.
Por último, recordamos que las bases la podéis encontrar aquí.
Yo soy Nedjemet.
En mi vida mortal fui bailarina del templo de Hathor en Tentyris, que los antiguos llaman Iunet, en el siglo I antes del nacimiento del dios de los cristianos, cuando Egipto aún vivía bajo el gobierno de los ptolomeos. Fui consagrada al canto, a la música del sistro y al perfume del incienso y el sándalo. Mi belleza era una ofrenda y mi danza, una plegaria.
Amé a un hombre entonces. Nesamun, rico mercader de Tentyris, cuyos barcos regresaban del mar cargados de especias, vidrio fenicio y telas teñidas con púrpura de Tiro. Tras uno de sus viajes más exitosos me regaló un collar de perlas y lapislázuli digno de una reina.
En aquellos días arrebaté a Meresankh el puesto de bailarina principal en los rituales del Pilar durante la Fiesta de la Iluminación de Hathor. La envidia la consumió y se convirtió en mi enemiga jurada. Yo era joven, ambiciosa, y creía que el favor de la diosa era eterno.
Mi hermano pequeño, Hori, cometió el error de mezclarse con matones del puerto de Tentyris. Contrabandistas, traficantes de esclavos, hombres sin dios ni ley. Para salvarlo, contraje una deuda con ellos. Fue la primera sombra que se cernió sobre mí.
La noche que todo cambió comenzó con un ritual privado del Pilar para el faraón y su corte. Entre los invitados se hallaba Zebulón el Fenicio, un extranjero amigo del faraón. Su mirada era como la de un dios y sus palabras, miel para mis oídos. Tras la ceremonia me habló de eternidad y secretos antiguos. Me sedujo… y esa misma noche me transformó. Morí y renací convertida en un ser inmortal sediento de sangre.
Poco después, se produjo una masacre en el puerto. Yo fui señalada. La guardia de la ciudad me buscaba. Nesamun me salvó, me ocultó en su casa, en habitaciones donde la luz de Ra apenas penetraba. Las semanas pasaron y nuestra relación se tornó más intensa y oscura. Desplacé a su esposa, que me odiaba con la furia de una mujer traicionada. Una noche, tras yacer con él, ella intentó matarme mientras dormía. Sentí el hierro en mi piel. Entré en pánico. La sed me dominó. En el caos de aquella lucha transformé a Nesamun sin pretenderlo. Cuando despertó, ya no era humano. Horrorizado, huyó de mí y desapareció de mi vida.
Con el tiempo me convertí en el poder oculto de los bajos fondos de Tentyris. Descubrí que mi toque esclavizaba voluntades. Los hombres que se entregaban a mí quedaban atados a mi deseo. Era útil… aunque a veces su devoción los volvía estúpidos, criaturas incapaces de pensar más allá de mi voluntad.
Viajé a Luxor en misión para el culto de Hathor. Allí conocí a Amenhotep, joven artesano de manos hábiles y corazón sincero. Se enamoró de mí sin comprender lo que yo era. Abandoné el templo por él, intenté vivir como una mujer y no como monstruo. Lo amé. Pero el lujo, el poder, la sed… eran parte de mí. La pobreza me asfixiaba más que la luz del sol. Tras varios años, lo dejé. Regresé a Tentyris y volví al templo de Hathor.
Mi vieja rival Meresankh era ahora suma sacerdotisa. La esclavicé en secreto. Durante generaciones dominé el templo desde las sombras, utilizando la energía mística del Pilar en rituales de sangre. Mis sacerdotisas recibían dones: belleza y poderes sobrenaturales. Cuando se volvían demasiado poderosas, las devoraba. Así se mantuvo mi culto secreto durante siglos.
Entre los siglos II y IV viajé por mar. Conocí magos alejandrinos, brujos de Siria, seres nocturnos de Anatolia y Grecia. Aprendí magia hermética, sellos de protección e invocaciones a dioses olvidados de la primera era del hombre.
En sueños, Nesamun comenzó a aparecerse. Su presencia era una maldición. Me acusaba, me suplicaba. Las pesadillas me desgarraban hasta que hallé un conjuro protector en antiguos papiros herméticos.
El mundo cambió. El cristianismo pasó de ser un grupo minoritario y perseguido a construir una nueva civilización. El templo de Hathor perdió poder. Una turba enfurecida incendió el santuario. Creyeron haber destruido el mal. Pero eso solamente liberó a las sacerdotisas de mi influjo. En contra de mi voluntad, sembraron el terror en el Alto Egipto hasta que fueron finalmente destruidas una por una, por un joven monje cazador de monstruos.
Antes de eso, hubo un momento de luz. Me perdí en el desierto durante uno de mis viajes. El sol me habría destruido de no ser por un niño beduino que me encontró al amanecer. Su nombre era Amru. Su familia me acogió. Durante un tiempo, bajo su hospitalidad sencilla, recuperé algo parecido a la humanidad.
Desde entonces ya no pude matar inocentes. Mi hambre se dirigió hacia criminales, asesinos, violadores, hombres de corazón corrupto. Desarrollé un sentido nuevo: puedo oler la maldad, percibirla como hedor en el aire.
Nesamun, tras siglos de existencia, intentó hallarme. No sé si por amor o venganza. Pero detecté su presencia y lo evité. No quería enfrentar aquello en lo que se había convertido.
El monje cazador de monstruos, ya anciano, finalmente me encontró. Perdí mis joyas, mis posesiones y mis tesoros. Sólo conservé mi sistro y mis papiros herméticos. Huí en barco hacia Roma, y desde allí al norte de Europa.
Me dejé capturar por bárbaros. Adopté el nombre de Kara —“oscura”— por mi piel morena y mis ojos negros. Como esclava aprendí su lengua, sus costumbres. Sobreviví entre ellos. Con el tiempo me convertí en algo que temían y veneraban: una bruja, consejera en la sombra, deseada y temida.
Pasan los años. Los siglos. A veces olvido el sol de Egipto y el murmullo del Nilo. A veces casi olvido mi nombre. Pero no olvido a Nesamun. Y jamás olvidaré al niño Amru… ¿verdad?
En el siglo V, cuando llegaron los saqueadores del mar, me enamoré de un príncipe nórdico llamado Alfgeir. Era alto como un joven roble, con cabellos del color del trigo en verano y una astucia más grande de lo que aparentaban sus años.
Lo deseé, y como tantas veces antes, lo hechicé. Creí que sería otro más bajo mi dominio. Pero Alfgeir no era un hombre común. En él ardía una llama indómita. Durante muchas lunas compartimos lecho y planes de conquista. Yo susurraba en su oído secretos que le hacían ganar batallas; él me decía que me convertiría en su reina.
Una noche, mientras dormía entre mis brazos, despertó sin que yo lo advirtiera. Robó mi sistro mágico —el antiguo instrumento que hacía sonar en honor a la diosa Hathor, que había llevado conmigo durante siglos— y huyó antes del alba.
No comprendí de inmediato la magnitud de la pérdida.
Sin darme cuenta, durante generaciones había canalizado la mayor parte de mi poder en aquel objeto sagrado. Cada ritual, cada hechizo, cada atadura había dejado en él una parte de mí. Cuando el sistro desapareció, sentí cómo mi fuerza se desgarraba.
Intenté perseguirlo, pero mi cuerpo comenzó a debilitarse. La magia se volvió un murmullo distante. La sed amenazó con consumirme. Me refugié en el corazón del bosque, en una cueva cubierta de musgo y raíces.
Allí comprendí que iba a dormir.
Antes de que el letargo me venciera, entoné un canto triste, un lamento por mi amado perdido y por mi propio orgullo traicionado. Mi voz se deslizó entre los árboles, impregnando el bosque de mi hechizo. Los lobos, los cuervos, los ciervos y hasta las criaturas más pequeñas quedaron ligados a mi pena.
Me tendí sobre la tierra fría.
Mi sueño durará un centenar de años.
Cuando despierte… me pregunto si recordaré que…
Yo soy Nedjemet.
